Puesto que el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más delicado había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía: “lo que veo es sólo la envoltura. Lo más importante es invisible… “

Mientras sus labios entreabiertos esbozaban una sonrisa, me dije: “Lo que más me emociona de este principito dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una vela, incluso cuando duerme… ” Y lo sentí más frágil aún, como si él fuera una llama que pudiera ser apagada por una pequeña corriente de aire…

El Pequeño Príncipe. Antoine de Saint Exupéry

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